miércoles, 13 de febrero de 2013

NIETZSCHE COMO «PROFETA DEL NAZISMO»



EL DESTINO DE NIETZSCHE COMO «PROFETA DEL NAZISMO»
La filosofía de Nietzsche se erige como una contraposición a las ideas filosóficas y a los valores morales tradicionales. La naturaleza de los temas que trata, la voluntad decididamente provocativa que se dirige a las metas más dispares, el estilo aforístico y, finalmente, ciertas vicisitudes ligadas a la publicación de La voluntad de poder y del Epistolario, han hecho que se hayan producido las más diversas y controvertidas interpretaciones sobre Nietzsche. Según los casos, se ha visto en Nietzsche el antipositivista que echa a tierra la confianza en la ciencia, o al antidemócrata que desprecia al pueblo, a la plebe ya la nueva clase emergente. Se le ha interpretado como el representante más persuasivo del irracionalismo y del vitalismo; a principios de siglo, se nos ha ofrecido de él una imagen de artista aristocrático y decadente, en el sentido de D'Annunzio o de Gide. Se le ha presentado como un materialista convencido; se le ha clasificado de primer auténtico existencialista. No cabe duda de que, en más de una cuestión, se anticipó a Freud; se ha analizado su influjo sobre las vanguardias artísticas de los años veinte (expresionismo alemán y surrealismo francés) debido a las críticas que dirigió a la cultura burguesa, y nadie pone en discusión que influyó sobre hombres como Rilke y Thomas Mann.
Además existe toda una corriente interpretativa que ha visto en Nietzsche el profeta del nazismo, la violencia militarista y la superioridad de la raza aria. No es éste el lugar más adecuado para someter a crítica estas u otras interpretaciones. Sin embargo, hemos de decir que la interpretación decadentista de Nietzsche es errónea, porque Nietzsche vio en la vida una tragedia cruel y profunda. Asimismo, es preciso detenerse un momento en los hechos que justifican (por ejemplo, en la obra de A. Baeumler, Nietzsche, el filósofo y el político, Leipzig,  la interpretación de Nietzsche como «profeta del nazismo», interpretación que entre otros sigue admitiendo G. Lukács en 1954 en su libro La destrucción de la razón. En realidad, lo que sucedió es que la hermana de Nietzsche, Elizabeth Forster-Nietzsche, celosa guardiana de los manuscritos de su hermano e impulsada por la idea de una palingenesia universal que había de confiarse a la nación alemana, quiso convertir a su hermano en guía espiritual de dicha palingenesia. Así, publicó La voluntad de poder con interpolaciones arbitrarias y tendenciosas efectuadas en el manuscrito de su hermano, con lo cual ideas como la de «superhombre», «voluntad de poder», etc. que en el contexto global del pensamiento de Nietzsche poseen un significado muy diferente aparecen como la negación de todo humanitarismo y de la democracia, y como fundamento teórico de la política más violenta y agresiva, del Estado totalitario y de la raza «pura de los superhombres». Sin embargo como lo confirma la edición auténtica de sus escritos hay que excluir del contexto de su filosofía la interpretación del «super-hombre» de Nietzsche como profeta del nazismo.
El superhombre no es el nazi, sino el filósofo que anuncia una nueva humanidad, una humanidad que, liberándose de antiguas cadenas, va «más allá del bien y del mal». Entre estas antiguas cadenas Nietzsche enumeró también la idolatría del Estado: «El más frío de todos los monstruos se llama "Estado". También es frío en el mentir, y la mentira que sale de su boca es la siguiente: "¡Yo, el Estado, soy el pueblo!"» «En la tierra no hay nada más grande que yo; yo soy el dedo de Dios -así ruge el monstruo [...]. El Estado está allí donde todos, buenos y malos, se embriagan con veneno; allí donde todos se pierden a sí mismos; allí donde el lento suicidio de todos se llama "vida".» El Estado es un ídolo que hiede: «Su ídolo huele mal -el frío monstruo- y todos hieden, todos los adoradores del ídolo [...]. ¡Huid del mal olor! Huid de la idolatría de los hombres inútiles [...]. Sólo cuando deja de existir el Estado, comienza el hombre no inútil.» Nietzsche pone estas palabras en boca de Zaratustra. Y en el ensayo Schopenhauer como educador leemos lo siguiente: «Padecemos [...] las consecuencias de aquella doctrina predicada en época reciente desde todos los tejados, según la cual el fin supremo de la humanidad sería el Estado y el hombre no tendría deber más alto que servir al Estado: en esto no veo una recaída en el paganismo, sino en la estupidez.» «El Estado desea que los hombres puedan idolatrarlo.» Sin embargo, aconseja Nietzsche, «hieden todos estos adoradores del ídolo». En el ocaso de los ídolos, además, Nietzsche sostiene que «la cultura y el Estado son antagonistas».

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